CORRIENTES: ESCAPADAS, FAUNA AVENTURA Y PUEBLOS RURALES EN EL SECTOR MENOS CONOCIDO DEL LITORAL.

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El acceso por el portal San Nicolás a los esteros del Iberá muestra una cara diferente de los pantanos y permite adentrarse en la comunidad de Caá Catí.

A pesar de los fuertes incendios del año pasado la región de los esteros del Iberá se muestra recuperada, siempre lista para viajeros en busca de aventuras. Una alternativa diferente para conocer el humedal y sus poblados es por el portal San Nicolás, cercano a la ciudad correntina de San Miguel. Una buena oportunidad para combinar la visita por áreas naturales y también adentrarse en la comunidad rural de Caá Catí y sus antiguas tradiciones.

Desde este poblado parten excursiones que, al principio, se internan en un mar de pastizales. El monte correntino y los palmares cortan por momentos la marea amarilla. Durante el viaje Jorge, el guía, explica que los esteros son el segundo humedal más grande del mundo, con una superficie de 12.000km2 en la zona de Corrientes. Tras recorrer 45 km el camino abandona el asfalto y le da lugar a la arena y el limo.

La seca llanura se abre donde antes solía haber un extenso bañado: es el ingreso formal al portal San Nicolás, uno de los ocho accesos que posee el parque nacional. Los carpinchos, de fácil avistaje, dan la bienvenida. La manada poza para las cámaras y luego parte en fila india a través de los pastizales. A lo lejos un zorro gris rompe la línea de vegetación y se cuela en la escena, también un grupo reducido de chajá con un poco más de precaución.

La sequía transformó al arroyo Carambola en un fino hilo de agua agrupando todo tipo de especies. En metros convive el yacaré, el carpincho, el ciervo y cientos de aves. La perla del avistaje y a muy pocos metros de distancia, es el ciervo de los pantanos, una especie amenazada por la caza furtiva y sus depredadores.

La fundación Rewilding se ocupa de reintroducir diversas especies que han sido extintas dentro del parque. El yaguareté y el oso hormiguero son casos de éxito y de gran orgullo para la provincia. Ambas especies solían vagar por el humedal, fueron perdiendo presencia, hasta que fueron reintroducidas.

Ahora se puede ir a pie donde antes solía verse dorados, armados, surubíes, pacúes, mojarras, tarariras y palometas. También se puede caminar por un mogote de monte, un espacio verde que brinda resguardo, alimento y sombra a los animales.

Puertas abiertas

Caá Catí, hierba fuerte, en guaraní, pertenece al departamento de General Paz. Desde el aeropuerto se debe tomar la ruta provincial 5 por 129 km. Sus calles denotan el paso colonial en las antiguas casonas de fines del XIX. El pueblo se fundó en 1707 a partir de la creación de un destacamento militar que tenía que brindar seguridad a la campaña correntina de los ataques indígenas.

Visitar las casas de los pobladores rurales es parte de la experiencia y una manera de ayudar a la comunidad. Muchos ofrecen comida, artesanías y cuentan la historia del lugar. Como Cirila y su marido Tito, que viven a 20 minutos de Caá Catí y abren las puertas de su casa a los viajeros. Para desayunar, por ejemplo, ofrecen un banquete regional con tres clases de chipa, Tipiraty, Mbeyu y el clásico de almidón. Junto al café y bajo un enorme árbol de mango, Cirila rememora su infancia, donde solía ayudar a su madre en las tareas hogareñas y del campo. Trabajo y esfuerzo dos palabras que se repiten. También su voz denota preocupación por la lenta extinción de las tradición y cultura en Caá Catí. Los jóvenes, día a día, se alejan de las viejas tareas y valores. En la huerta, entre plantaciones de mandioca y porotos, Tito expone las características y el proceso de cosecha de los cultivos.

El almacén de ramos generales de Caá Catí es un museo en honor a Emilio Martínez, un inmigrante español que en 1920 abrió el comercio y lo mantuvo durante 40 años. Muchos años después, los nietos de don Emilio descubrieron las reliquias de la época y dieron vida al museo. La visita es un viaje en el tiempo donde brillan viejos libros contables, máquinas registradoras, planchas a kerosen y todo tipo de artefactos inimaginables de la época.

También se pueden visitar una chacra agroecológica de la familia. El predio es salvaje, tupido, con animales de granja y cultivos de la región. El almuerzo, un guiso de gallina casera, se disfruta bajo chichitas y laureles. Por la tarde, con binoculares en mano, se sale en busca del mono aullador y otras especies correntinas.

En las proximidades de Caá Catí vive un artista de la naturaleza. Diego es un hombre mayor dedicado a construir objetos para el hogar a base de insipu, una liana que se recoge del monte nativo. Con pasión enseña el proceso de elaboración y los productos terminados. Muestra su choza de madera y paja y a sus socios: el palto, el bananero, el palo de agua y la piña.

Marisel hace 14 años que con su familia preparan un sinfín de viandas para ofrecerlas al pueblo. También realizan servicio de catering. Omar y Nacho presentan los platos principales, entre ellos, milanesas, tortillas, empanadas y un clásico plato festivo representativo de Corrientes, el Mbaipy. La receta: harina de maíz, cebolla, cebollita de verdeo, ajo, carne y queso.

Caá Catí cautiva, emociona y sobre todo recuerda el valor del trabajo, amor y pasión por la tierra.

Por: Gonzalo Gaviña.-

LA NACION.-

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