LOS RIEGOS DE CAER EN UNA ECOTRAMPA.

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Europa se sigue radicalizando respecto de la agricultura. Ideas que parten de un ambientalismo fanatizado ponen en jaque a la actividad y abren un futuro incierto para el negocio global. Qué suerte puede tocarnos en este camino.

«¿Qué vamos a comer en Europa?», reclaman desde un grupo ruralista español luego de que la Comisión Europea propusiera la leyde Restauración de la Naturaleza, que está pendiente de aprobación por parte del Parlamento del bloque económico. Los hombres de campo aluden a «una paranoia de falso ambientalismo que invade la Unión Europea», y hablan de medidas que los llevarán a la ruina.

La legislación en cuestión dice tener como objetivo restaurar los hábitats y las especies que han sido degradados por la actividad humana y el cambio climático. La norma apunta a establecer objetivos obligatorios jurídicamente vinculantes de restauración de «al menos el 20% de los ecosistemas dañados de aquí al 2030 y de la totalidad de los ecosistemas que lo requieran antes de 2050». Los planes incluyen humedales, ríos, bosques, pastizales, tierras agrícolas, ecosistemas marinos y ciudades.

Parecen ser objetivos ideológicos más que técnicos, con plazos de difícil cumplimiento, y demandas que van a acotar seriamente la agricultura y la ganadería en el Viejo Continente. Es como si hubiese que abandonar una parte de los campos de cultivo en Santiago del Estero y devolverlos a su condición original, por ejemplo. O generar humedales a costa de eliminar tierras cultivables en Corrientes. La lista sería importante si algo así se aplicara en el país. Ni que hablar en Brasil.

Como bien dicen los ruralistas ibéricos, estos ecologistas radicales no tienen en cuenta que la agricultura es alimentación, es verde y además captura dióxido de carbono. Está en simbiosis con la naturaleza, es paisaje y en sí misma es también biodiversidad. «Un único olivo absorbe durante la fotosíntesis 570 kg de dióxido de carbono en un año. Según un estudio de la comunidad valenciana, los naranjos del lugar absorben el dióxido de carbono que generan todos los vehículos que circulan por las carreteras de esa provincia», explican los ruralistas.

Pasa allí, pasa aquí y en todos lados. El ecologista fanatizado pierde de vista este fenómeno. Olvidarlo es funcional a sus intereses radicalizados y de dudoso origen. Y en su obsecación también deja de lado la generación de alimentos, que se supone Europa debería importar de otras naciones en caso de que cumplan con tantas prerrogativas. Es que el Viejo Continente tiene propensión a extender sus pretensiones en la materia a los países con los que negocia.

Las dudas son en cierto modo justificadas. Algunos creen ver detrás de movidas como está la depreciación de terrenos para destinarlos a grandes extensiones de espejos fotovoltaicos y altos molinos de hormigón, por ejemplo.

En la vereda de enfrente, Global Nature, por citar un caso, apoya una agricultura a favor de la biodiversidad, con mayor valor añadido, y un sistema de producción de alimentos resiliente frente a cambios en los mercados y eventos climáticos. Casi un milagro. «La ley propone un cambio sin precedentes en nuestra relación con el campo e implica que quien destruya pague y esté obligado a restaurar, con una consecuente eliminación de políticas que incentivan el deterioro de la naturaleza», afirma la organización.

En la misma senda, Greenpeace dice que «la comunidad científica lo tiene claro: si no restauramos la naturaleza, asistiremos a grandes extinciones y al colapso de nuestra capacidad para producir alimentos y sobrevivir al calentamiento global». La lista de opiniones de organismos de este tipo es extensa.

Como se imaginará, los ministros de Medio Ambiente de los países de la Unión Europea están a favor de la Ley de Restauración de la Naturaleza. Los productores, en cambio, creen que no solo se perderá superficie destinada a generar alimentos sino también ingresos para un sector agropecuario, que no la tiene fácil para sostenerse en un mundo más competitivo. Es tan radicalizado el espíritu que Bruselas pretende complicarle el financiamiento a las empresas alejadas del ecologismo. Vaya uno a saber cómo medirá una cuestión tan delicada.

Por su parte, los ministros de Agricultura también han apoyado la idea, aunque con reticencias por parte de varios países, negativa en el caso de Polonia, Italia, Finlandia y Suecia, algunas abstenciones y con varias propuestas para flexibilizar su implementación.

Los partidos políticos que no adhieren a las ideas de izquierda hablan de «buen diseño, pero malas intenciones» y afirman que los objetivos jurídicamente vinculantes para rehabilitar zonas terrestres perturbarán las cadenas de suministros, disminuirán la producción de alimentos y aumentarán los precios para los consumidores de a pie. El próximo 11 de julio de 2023 será clave en la materia. De no obtener mayoría en el Parlamento de la UE, la propuesta quedaría seriamente comprometida.

¿Y nosotros qué? Esta caza de brujas que ha iniciado Europa sobre el agronegocio parece un tema lejano para nuestra agricultura y ganadería, pero no lo es. Con todas las limitaciones que nos impone el intervencionismo, nuestros productos están en el mundo. En algún momento la Argentina se normalizará y deberá prestar atención a estas cuestiones.

Todas las ideas pueden debatirse, siempre que las posturas enfrentadas mantengan un estricto apego a la ciencia y a la opinión de los técnicos especializados. Por supuesto que es vital cuidar el ambiente, pero sin perder de vista la necesidad de generar alimentos para una humanidad en crecimiento.

Y sobre todas las cosas habrá que estar atentos a que estas cuestiones, en caso de aprobarse, no terminen en medidas para-arancelarias, menos que menos en el caso de nuestro país, que tiene un balance positivo de carbono, recurre a la siembra directa y en general trabaja para mantener lo que la naturaleza le ha dado.

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